Si hay un género cinematográfico que se ha desarrollado hasta límites insospechados en esta década que acaba de terminar es, sin duda, el de la animación digital, que ha desplazado por completo a la animación tradicional. Aunque surgida en los 90 con la emblemática Toy Story, han hecho falta algunos años para pulir ciertos aspectos (se pongan como se pongan los fans de filmes como Bichos, Antz o Toy Story 2, los intentos “noventeros” son algo pobres, aunque meritorios).
Quizá por el derroche económico que suponen, la calidad narrativa de estas cintas es sensiblemente más alta que la media de animación tradicional, con alguna que otra deshonrosa excepción (Donkey Xote o Bee movie, por poner dos ejemplos). No obstante, y entrando ya en caballos ganadores, el punto de inflexión de la década es la grandísima Shrek (2001), una parodia mordaz y acertada de la ñoñería de los cuentos de hadas que no entró en nuestra quiniela ganadora por muy poco (quizá por su muy irregular desarrollo, que se ha acentuado hasta el extremo en sus tristes secuelas).
El gran éxito de Dreamworks coincide con la edad dorada de Pixar, la gallina de los huevos de oro de Disney. Suyas son prácticamente la totalidad de obras maestras del género (empezando por la grandísima Monstruos S.A. y terminando por las recientes Wall-E o Up!, otra de las grandes favoritas en nuestra selección final), a pesar de algún que otro patinazo crítico, que no de público (Cars o Ratatouille).
De Pixar son, precisamente, dos de nuestros candidatos. En primer lugar está Buscando a Nemo (2003), una maravillosa historia ambientada en el fondo del mar y con un rescate como premisa de partida. El genial trazo de los personajes (la olvidadiza Dory es sencillamente irrepetible, al igual que los secundarios de la pecera o el tiburón Bruce), su virtuosismo técnico y su punto de emotividad completan una película soberbia que arrasó en todo el mundo.
Sólo un año más tarde Pixar nos volvía a sorprender con Los increíbles (2004), un homenaje a los superhéroes de cómics y seriales de los años 50. Al margen de su logradísima estética y su original desarrollo, esta película resulta de una solidez que hasta entonces le faltaba al cine de animación, a lo que añade dinamismo, un gran sentido del humor y multitud de guiños a los tópicos del cine familiar.
No menos carismática que las anteriores es Los mundos de Coraline (2009), que recoge la herencia “burtoniana” de animación tradicional de Pesadilla antes de Navidad (1993) y La novia cadáver (2006). No en vano el director de Pesadilla… y Coraline es el mismo: Henry Selick.
Basada en el oscuro libro de Neil Gaiman, la película de Selick cuenta la historia de una niña incapaz de aceptar su realidad cotidiana, y es quizá la más adulta, grave y sesuda de todo el cine de animación en su historia reciente, con pinceladas de un tenebrismo que, seguro, echará para atrás a los más pequeños (¿recuerdan los ojos-botones del universo paralelo?), pero que a los mayores nos provoca fascinación y sorpresa a partes iguales.
Los mundos de Coraline es un derroche de ingenio visual, una obra de arte resultado de años y años de esfuerzo que se plasman en la pantalla con unos diálogos chispeantes, una animación magistral y unos personajes que merecerían un premio especial por su logrado diseño y personalidad. Un broche de oro, en suma, a una década prodigiosa para este género.
P.d: Para los nostálgicos de la era dorada de Disney en la animación tradicional, un consejo: desengáñense. Algunos de los momentos más logrados de sus últimos éxitos (el salón de baile en La bella y la bestia, la entrada a la cueva de las maravillas en Aladdin, la escena de la estampida de antílopes en El Rey León o el 85% de Tarzán) estaban totalmente generados por ordenador, signo inequívoco de que la compañía ya estaba pensando más en la pantalla que en el pincel.
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